miércoles, 20 de febrero de 2019

“Arrojados a la existencia”



“Conmigo no contaba el porvenir, de ti no se acordaba el verbo amar”, dice Sabina en una canción esperanzadora para todo aquel que, consciente de sí, decide hacer un ejercicio de humildad y aprovechar los pequeños golpes de suerte de la vida. Qué grande es ser deseado por uno y no por muchos. Esa intimidad, ese hablar bajito entre dos. Qué bonita esta canción ahora que nos hemos acostumbrado a “hablar fuerte, que vamos de “uno más uno”, que queremos ser escuchados individualmente aunque digamos lo mismo que muchos; ahora que todos hemos sido alguna vez parte de aquella masa de Ortega y Gasset en las redes olvidando lo reconfortante de partir lentamente desde abajo, como hace la canción, hasta sentir la explosión de aquel magnífico estribillo: “porque quiso el cielo acariciar el suelo con su gota a gota”; y coincidir con quien compartir una reflexión mediante un profundo diálogo racional y libre de frases hechas.

Tener un perfil bajo hoy, en el mundo de la inmediatez, es una maravilla: te permite leer, pensar, comparar, analizar y estudiar para la toma decisiones en la vida realtodo ello sin presión, sin estrés, sin expectación; te permite tener un juicio crítico sin temor a cometer una equivocación más propia del pensamiento falto de meditación, superar esa existencia “sine nobilitate” que se parece mucho a la existencia común y decadente a la que aludía Heidegger cuando exhortaba a superar el “Man”. ¿Qué son las redes, a veces, sino la euforia del alcohol?

Hace tiempo que insisto en la necesidad de una “jerarquía en el conocimiento” entre tanta opinión –incluida la mía- que aturdeSi bien es cierto, la expresión no suena a música celestial porque puede inducir a la creencia de que es una idea elitista, pero siempre hay un pensador para un apuro. En este caso, el pensamiento de Gadameres perfecto para matizar que el sustrato de la autoridad debe estar en el conocimiento, en la razón, de forma que no sea arbitraria sino, por el contrario, la consecuencia de un esfuerzo ganado; una autoridad que se reconoce de forma natural por parte de los demás, en un ejercicio de éstos de humildad, de prudencia, de introspección acerca de los límites de la incompetencia. Ese ejercicio nos suele llevar al esfuerzo, al cultivo propio, a poder escapar de los lugares comunes, de la oscuridad que precede a las tempestades” –que no es, ni más ni menos, que una de las acepciones que la RAE ofrece para la palabra “cerrazón”-, de los prejuicios. Y, por extraño que parezca, nos acerca a los demás porque dudamos. Y la duda nos hace humanos a la par que libres. Quiero ser optimista aunque, el mencionado anteriormente Ortega y Gasset, decía que “las gentes no suelen ponerse de acuerdo si no es en cosas un poco bellacas o un poco tontas”.

El día que España valore más el trabajo que la “fama líquida”, porque es lo que nos facilita realmente la vida en toda sociedad, despertaremos. Hoy por hoy: 

“Los mismos alfileres de vudú, el mismo cuento que termina mal” (Joaquín Sabina).

A. Valois.

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