domingo, 15 de marzo de 2020

¿Es la naturaleza tan perfeccionista?

China acaba de hacer una nueva demostración de su potencial ante el mundo. Esta se suma a la realizada en enero de 2007 cuando destruyó un satélite meteorológico, valiéndose de un misil, ante la sorpresa de la comunidad internacional. Como es sabido y relatado en más de un libro de actualidad, el gigante asiático no estaba dispuesto a que el resto del mundo siguiera zahiriendo por más tiempo su maltrecho orgullo como venía ocurriendo desde el siglo XIX, cuando no supo adherirse a la Revolución Industrial de Occidente. Y con tanta determinación como llegó su silencioso despegue, también ha llegado hasta nosotros la feroz pandemia iniciada en su territorio; y el sistema financiero, siempre al albur de la confianza, se ha tambaleado; China, ha descendido su ávido consumo de petróleo -ya iniciado un poco antes-; Rusia, cuya fortaleza reside más en el crudo que en la tecnología y en la industria -en líneas generales-, no quiere ceder ante EEUU, como tampoco quiere la estabilidad de Europa “alentando discretamente movimientos independentistas” como menciona, entre otros, Francis Fukuyama en “Identidad”. Y, ante este escenario, China, con más de cincuenta millones de habitantes en cuarentena, arregla un complicado entuerto sanitario en dos meses mientras Occidente, absorto en cuestiones menores y viendo venir la debacle, se colapsa en quince días. Y, además, promete ayudar a países como Italia enviándole material médico. Igualen eso, señores del mundo, que mientras, yo sigo con mi competencia desleal. Nos dice don Antonio Garrigues en uno de sus recientes libros a propósito de esta competencia desleal: “El fin de la historia nos hizo creer que el mundo sería democrático en su estación de destino, liberal en lo político, capitalista en lo económico y bienestarista en lo social”, a lo que añade Josep Piqué en “El mundo que se nos viene”: “una esperanza occidental que el mundo ha tratado de desmentir”.

La grandes curiosidades que se suscitan son: cómo este virus escapado de China es “inmisericorde” con aquellos que superan los sesenta años pudiendo poner a la población en la tesitura de situaciones dramáticas, ante el caos, que atentan contra la dignidad ontológica del hombre y que, posiblemente, serían contrarías a los derechos humanos; cómo, nosotros, habitantes de esta Europa cuyas generaciones han pasado por tanto a lo largo de los siglos, nos relajamos –fieles a la descripción del indolente hombre poshistórico que analiza, el anteriormente mencionado, Fukuyama en sus textos- ante una amenaza global de semejante envergadura, como es el coronavirus, hasta que el margen para una solución deviene estrecho; cómo asistimos atónitos ante otro gran despliegue de precisión, dureza y capacidad de reacción de una China orgullosa que reafirma una identidad que la vuelve a levantar del pasado ostracismo con el control de una terrible epidemia, mediante la creación y el desmantelamiento de hospitales en un tiempo récord. 

Dice Josep Piqué que “China no es una nación aunque lo parezca. Es una civilización” con una política exterior en un claro ejercicio de “soft power”. Y una civilización siempre se intenta imponer a otra de algún modo, es difícil la coexistencia. Pasado su cataclismo, una China orgullosa, intenta “ayudar” a Europa demostrando su hegemonía al mundo como lo hiciera EEUU en sus días laureados, aunque solo es responsable esta comparación destacando la distancia en cuanto a ejemplaridad y transparencia entre las dos naciones, puesto que resulta complicado igualar a una democracia liberal en su vertiente ética aunque solo sea por el simple hecho de la voluntad de implicación de sus ciudadanos y las bondades que de ello se derivan. Tocqueville, en el siglo XIX, en “La democracia en América” ya nos hablaba del espíritu americano: “el habitante se liga a cada uno de los intereses de su país, como a los suyos propios. Se glorifica con la gloria de la nación; en los éxitos de la nación obtiene, cree reconocer su propia obra, y se eleva con ello, se alegra de la prosperidad general de la que se aprovecha”. Parece obvio que nos falta esta unión en Europa. 

China sabía que, superada su crisis con unas medidas de carácter implacable, gozaría de una reorganización y recuperación inmediatas. Ahora conoce también la limitada capacidad de reacción del resto del mundo, tal vez distraído, tal vez absurdamente condescendiente consigo mismo o tal vez temeroso por la incertidumbre de su economía en este momento de la historia en el que las clases medias de occidente -quejumbrosas pero acomodadas, faltas de una identidad sólida y abandonadas al relativismo-, han perdido poder adquisitivo en favor de Asia. Así pues, la posición actual de los habitantes de la nación de la Gran Muralla, ha pasado a ser la del hombre rico que Adam Smith, en su tiempo, señalara, abandonando la antigua humillación que les condenaba a estar silentes: “El hombre rico se enorgullece de su riqueza porque siente que es natural que ella centre la atención del mundo sobre él y que la humanidad esté dispuesta a estar de acuerdo con él en todas esas agradables emociones que le proporcionan tan fácilmente las ventajas de su situación”. Al contrario: “el hombre pobre se avergüenza de su pobreza. Siente ya sea que lo hace ser ignorado por el resto de la humanidad o bien que si llegan a darse cuenta de su existencia, no alcanzan a sentir solidaridad con la miseria y la aflicción que él sufre”. Dividiendo Europa solo conseguiremos la invisibilidad de cada uno de sus miembros.

Cuando esta pesadilla toque su fin, el desafío en mitad de este mundo de ruido y distracción, no ha de continuar siendo una revolución romántica constante, descoordinada e individualista con tintes narcisistas para mostrar nuestra indignación con lo nimio, sino la puesta en práctica del civismo necesario para la defensa de nuestros valores, los de Occidente, sin separatismos, viendo que China es conocedora de su capacidad de arrastre del resto de economías, de su capacidad de recuperación ante la adversidad y de su capacidad para hacer temblar el mundo financiero. Sin Europa, no podemos competir ni nos podemos defender. Pero tampoco con una Europa que reacciona tarde y por separado.

L.Valois.


sábado, 4 de enero de 2020

Que paguen los ricos



No es responsable decir que los ricos no pagan impuestos, como cierto sector de la sociedad suele afirmar. Pagan, claro que pagan. La diferencia estriba en que pueden permitirse ciertas estructuras que hacen que sus pagos sean menores aplicando la legalidad. ¿Quién suele salir peor parada? La clase media. Pero, ¿a partir de qué nivel de renta se considera clase media? La eterna discusión.

El famoso Impuesto sobre el Patrimonio, que nació de forma transitoria y no es significativo a nivel recaudatorio, suele causar estragos en quien no tiene la suerte de vivir en un lugar en el que la cuota del mismo esté bonificada al 100%. Las clases medias han pasado momentos dramáticos en épocas de crisis puesto que cada año, a 31 de diciembre, se devenga este impuesto penalizando el ahorro y agravando las situaciones de las personas con falta de liquidez. Fue y es frecuente que, a la hora de incluir en la base imponible de este impuesto el valor de los inmuebles que se poseen, sin contar con el de la vivienda habitual -que goza de una exención de hasta 300.000 euros-, el contribuyente se sintiera desprotegido al tener que incorporar el resto de sus bienes inmuebles por el mayor de los tres valores siguientes: el catastral, el de adquisición o el comprobado por la Administración en algún momento. Imaginemos que alguno de esos bienes hubiera sido adquirido en uno de los años del boom económico y tuviese un valor desorbitado en relación al valor catastral, de modo que primase el de adquisición y que fuera prácticamente imposible su venta al encontrarse en momentos de crisis a precio de saldo, si es que era posible encontrar un comprador para el mismo. Los ricos de aquel momento podían permitirse la opción de seleccionar entre la ingente oferta buscando eso que llaman “sogas de ahorcado”. El contribuyente tenía las siguientes opciones: hacer puenting sin cuerda, pedir un aplazamiento para no entrar en periodo ejecutivo o pedir un préstamo al banco –si se lo daban; en aquel momento era complicado al haber sufrido el escarmiento sobrevenido por la crisis teniendo que asumir daciones en pago-, para poder hacer frente. El Apocalipsis estaba servido si no eras de los que tenía un volumen de, aproximadamente, ocho inmuebles y un empleado a jornada completa –suprimido el requisito del local dedicado exclusivamente a la actividad- que te permitiese considerar que lo que tenías en Renta no eran rendimientos del capital inmobiliario sino actividad económica que te dirigiese a la exención en Patrimonio cumpliendo los requisitos de su artículo 4. Todos sabemos que para hacer cuatro recibos de alquiler de inmuebles no se necesita un empleado. Pero eso no es todo, pensemos en aquella persona que heredaba inmuebles a los precios de mercado que establecía la Comunidad Autónoma de turno y por ello entraba en la obligación de cumplir con el Impuesto sobre el Patrimonio –al superar 700.000 euros el valor de sus bienes y derechos, que no es tan complicado-  teniendo unos ingresos del trabajo moderados y sin que nadie le alquilase un solo bien de los que tenía. Todos los años tenía que incluir esos bienes a los valores reflejados en la escritura de partición de herencia. Y vuelta a lo mismo: nadie se los compraba a un precio razonable y, tal vez, no hubiera tenido la suerte de estar en esos sitios donde se paga un importe casi testimonial por heredar –mal que les pese a los contrarios a Thiers y demás pensadores-. Si sus padres no eran de los que habían podido tener esos inmuebles bajo una actividad económica –ese sector que queda al margen de los auténticos ricos-, este contribuyente estaba en una situación de apuro, atacado por dos flancos, por el Impuesto sobre Sucesiones y por el Impuesto sobre el Patrimonio. Para evitar la confiscatoriedad de este último, se estableció –a modo de excusa de mal pagador- un límite de cuota íntegra y cuota mínima en su artículo 31, que no evita año tras año, que se repita el “latrocinio”. 

A. Valois.