martes, 5 de mayo de 2020

“Amo los mundos sutiles”

A algunas personas les sorprendería el pensamiento de José Antonio Primo de Rivera. Muchos pensarán de él, por no haber leído una de sus líneas, lo que no era. Yo me aventuré hace unos años -por pura curiosidad- y, ahora, he vuelto a repasar algunos de sus fragmentos al conservar tímidos recuerdos de aquella lectura. Es cierto que era un señor de principios del siglo XX, que no se puede mirar el pasado con los ojos del presente pero, José Antonio, creía en un “patriotismo crítico”, lejos de “charangas patrióticas” que él llamaba “patriotería zarzuelera”. No era racista y, supongo que con una misma idea que Ortega y Gasset en el comienzo de “La España invertebrada”, insistía en la unidad que confiere la lucha por un objetivo común. “La historia de toda nación, y sobre todo de la nación latina, es un vasto sistema de incorporación” –decía Ortega-. “La diferencia racial, lejos de excluir la incorporación histórica, subraya lo que hay de específico en la génesis de todo gran Estado”, añade creyendo necesaria una energía unificadora que no es sino consecuencia de una suerte de impulso de dispersión de sus componentes. José Antonio, por su parte, escribe: “el imperio español jamás fue racista; su inmensa gloria estuvo en incorporar a los hombres de todas las razas a una común empresa de salvación”.
Otro aspecto que fue tratado por estos dos intelectuales fue la idea sobre Cataluña. Ortega dirá: “por muy profunda que sea la necesidad histórica de la unión entre dos pueblos, se oponen a ella intereses particulares, caprichosos, vilezas, pasiones y, más que todo eso, prejuicios colectivos instalados en la superficie del alma popular que va a aparecer como sometida”. El filósofo, en su defensa de la unidad de España, hará una breve referencia a Maquiavelo, que en su empeño por la unificación de la nación italiana, exaltará a Fernando el Católico en “El príncipe”. José Antonio no cree que sea una cuestión artificial, sino “un problema dificilísimo de sentimientos”. Aún así, pensará que “España es varia y es plural, pero sus pueblos varios, con sus lenguas, con sus usos, con sus características” y que “están unidos irrevocablemente en una unidad de destino en lo universal”.
Ricardo de la Cierva contaba en uno de sus libros que el socialismo español se aferró a los textos que llegaban de Europa adoptando “mantras” de fácil aceptación -si uno se detenía en el análisis- pero de difícil encaje en España, que se caracterizaba por un socialismo agrario –según se cita en un libro de Gabriel Baleriola del año 1900-. Contaba que, alguno de los defensores a gala de estos mantras, no había abierto nunca un libro de Marx, aspecto irrelevante si de lo que se trataba era de enardecer una “masa”. Cuenta que, hasta Unamuno quedó horrorizado, escribiéndole a su amigo Mújica: “soy socialista convencido, pero, amigo, los que aquí figuran como tales, son intratables: fanáticos necios de Marx, ignorantes (...) llenos de prejuicios de origen burgués”. Buñuel, en sus memorias, también quedará dolido por esa España dividida, igual que dolidos estaban su amigo Federico y su amigo Dalí.  José Antonio, sin ceñirse a la izquierda o a la derecha –que ya dijo Ortega que era una forma de hemiplejia moral- escribió: “evidentemente, para adueñarse de la voluntad de las masas hay que poner en circulación ideas muy toscas y asequibles; porque las ideas políticas no llegan a una muchedumbre” -no porque fuera su intención hacerlo, sino todo lo contrario-. Tanto Primo de Rivera como Ortega  abominaron de que la vida de los españoles se hubiera transformado exclusivamente en política y, el primero, trató la circunstancia que se estaba dando en el campo. Los pequeños propietarios, invertían en las ciudades lo obtenido en sus tierras descuidando a sus obreros en manos de sus administradores y, a su vez, descuidando también la forma de mejorar la producción mediante los avances técnicos necesarios. 
El capitalismo que, en su modo más salvaje, no dejaba demasiadas opciones a trabajadores ni a pequeños propietarios en aquella época, no fue objeto de defensa de José Antonio, que criticó duramente su “arrogancia” cuando se decía lo siguiente: “yo no necesito para nada el auxilio público; es más, pido a los poderes públicos que me dejen en paz, que no se metan en mis cosas”. Añadiendo: “el capitalismo, muy en breve, bajó también la cabeza en este terreno; muy en breve, en cuanto vinieron las épocas de crisis, acudió a los auxilios públicos”.  
Para gran sorpresa de muchos, supongo, Primo de Rivera creía en la democracia a pesar del fracaso político de su tiempo: “si la democracia ha fracasado, es más que nada porque no nos ha sabido proporcionar una vida verdaderamente democrática en su contenido”, instando a no caer en “exageraciones extremas” y a modificar para su mejora con humildad y esfuerzo lo que fuera necesario evitando caer en el desprecio de lo democrático. La única fisura o la única falta que se le podía poner en este punto era su concepto acerca de los partidos políticos, porque hasta en algo como en los  “organismos de administración” del Estado era flexible si España permanecía unida.
Con este texto no pretendo hacer apología del pensamiento de José Antonio -ni mucho menos del fascismo, Dios me libre, ni de Falange española- porque nuestra circunstancia –como diría Ortega- es distinta y porque creo en la moderación -y no en la violencia que, en todo caso, es injustificable-, sino mostrar que nuestros pensadores de antaño parecen ser más vanguardistas que nosotros, que llevamos años quedándonos en lo pequeño, en lugares comunes, en una masa anticuada que en lugar de mirar a Europa y al resto del mundo, permanece encerrada en sí misma con las entrañas podridas de una política tristemente alejada de la vocación de servicio. Nos dice Ortega en “La Rebelión de las masas”: “en los motines que la escasez provoca suelen las masas populares buscar pan, y el medio que emplean suele ser destruir la panadería”. El centro es la única opción moderada y nuestras propias vidas el ancla que impide que perdamos el norte con el exceso de opinión en las redes porque, citando de nuevo a José Antonio: “cuando los principios cambian con los vaivenes de opinión, solo hay libertad para los acordes con la mayoría”, que suelen ser masa. “Aquello”, denegeró. No hagamos degenerar “esto” porque, el ansia de los justos -en el sentido que escribiera Camus- significa que las luchas por causas justas llevadas al extremo, las transforman en empresas completamente injustas.

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